10 may. 2011

Carta desde el exilio

Málaga, 20 de diciembre de 2010

Querida Luchi:

Hace ya un mes de mi exilio ineludible y no imaginas cuánto duele aceptar esta nueva condición de vida. A veces siento como si el frío invernal aumentara mi detrimento moral, me ahoga la idea de no tenerte a mi lado, mientras sucumbo a vivir mi primera navidad en esta soledad infinita.

Quizás este ambiente gélido sea lo menos importante por ahora. De lo que realmente quiero hablarte es de esta sensación de vacuidad que me inunda y que no consigo colmar pues me invade desde el instante en que salí huyendo. Jamás imaginé que huir del país y de la familia, en estas circunstancias, resultaría ser tan doloroso e insoportable, más aun, tratándose de salvar tu propia vida. Ahora puedo entender a periodistas, líderes sindicales y colegas también exiliados durante años atrás. Yo llegué aquí como caído de una horrenda pesadilla y aun permanece en mí, una extraña sensación de estar flotando y de no tener ningún lugar en el mundo.

Cariño: Me aflige imaginarme los días sin tu compañía, tu ausencia se me cuela en los huesos, igual que este frío gélido que me abraza y al que me cuesta tanto acostumbrarme. Debo reconocer que no soporto dejarte sola en estos momentos con la ilusión que nos alimenta el nacimiento de nuestro hijo. Hace una semana, la fiscalía se ha puesto en contacto conmigo para asegurarme que velarían por ti y por él, pero yo no albergo más que desconfianza.

Los hechos se sucedieron con tanta celeridad que apenas comienzo a asimilarlo, yo no era del todo consciente del peligro que corría y creo que hace meses debí claudicar esta causa por la que tanto he luchado, especialmente por ti y por nuestro pequeño que nos necesitará más que a nadie. Te pido perdón por no haberte hecho caso desde el principio y continuar, pese a tus súplicas. Ya sabes que soy tozudo y que continuo convencido de que es prioritario luchar en defensa de los derechos humanos en un país que no hace otra cosa más que violarlos, además de nutrir la impunidad y aceptar la muerte violenta, como un acto cotidiano y normalizado. Conociendo esa realidad, se que soy un hombre iluso; Quizás organizar una marcha a favor de la paz que resultó tan masiva, justo en estos momentos, fue la gota que colmó el vaso.

Mis noches en vilo se hacen lánguidas, recapitulo una a una ese instante, reconozco que sigo vivo como un acto milagroso, gracias a la protección que tenia, aunque era escasa, y también a la rapidez de mis reflejos para escapar. Aun no se quien fue la víctima que ocupó mi lugar y no quiero ni imaginarlo.

Tantas horas en soledad me hunden en un pozo sin fondo y reconfirmo que no concibo la vida siendo indiferente a la violación de algo tan vital, como son los derechos humanos. Ya sabes que impeler para combatirlo ha sido, es y continuará siendo el sentido de mi existencia. Estoy plenamente convencido, que no podré dejar de denunciar y de visibilizar tantos abusos. Yo necesito para sentirme vivo, la promoción de los derechos fundamentales, como base de la paz y de la justicia.

Para despedirme, quiero decirte que durante esta última semana, he tenido varias reuniones con entidades de protección internacional para analizar mi caso y el de otros exiliados. Valoro su gesto de solidaridad, aunque no puedo negar que pese a sus esfuerzos, me siento profundamente solo. Paulatinamente, me voy haciendo consciente de que arrastro un dolor inconmensurable durante años y no se cuando conseguiré quitármelo de encima, hoy se suma tu ausencia que tampoco sé cuánto tiempo perdurará.

A la espera de tus palabras, te amo eternamente,

Dani

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